El confesor de Grassi denunciado por abuso: hablan los padrinos de la víctima del capellán penitenciario

Adriana y Julio Frutos se consideran los padres de León, el denunciante por abuso sexual del capellán mayor del Servicio Penitenciario Bonaerense Eduardo Lorenzo. Lo conocieron cuando vivía en la calle, en Gonnet, a los 12 años, y desde entonces lo apoyaron y protegieron. En diálogo con TN.com.ar, la víctima dio detalles del calvario que…

El confesor de Grassi denunciado por abuso: hablan los padrinos de la víctima del capellán penitenciario

Adriana y Julio Frutos se consideran los padres de León, el denunciante por abuso sexual del capellán mayor del Servicio Penitenciario Bonaerense Eduardo Lorenzo. Lo conocieron cuando vivía en la calle, en Gonnet, a los 12 años, y desde entonces lo apoyaron y protegieron. En diálogo con TN.com.ar, la víctima dio detalles del calvario que vivió.

“Era un chico adorable, Dispuesto a ir para adelante, con empuje. Lo queremos mucho”, asegura Adriana. “Lo que siempre nos propusimos con él fue un proyecto de vida, amparo familiar. Fuimos la figura de adultos responsables para él ante la justicia, sus padrinos de bautismo. Para nosotros es un hijo, aunque todavía no lleve nuestro apellido “, refuerza Julio.

Cuando se cruzó con el sacerdote Eduardo Lorenzo, a cargo de la parroquia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet, León estaba en su apogeo. Después de estar en situación de calle, había aprobado dos años del ciclo primario en uno, aprendía música, había formado una banda con otros chicos y se había incorporado a un grupo parroquial. Vivía en el hogar convivencial Los Leoncitos, que dependía de la iglesia. Los Frutos consideraron que era el mejor lugar donde podía estar, pero se equivocaron. Allí se convirtió en una presa fácil del cura Lorenzo.

“León cambió notablemente, empezó a distanciarse de nosotros, a no contarnos cosas. Se lo notaba callado, arisco, cuando antes era dócil y cariñoso. Nos comenzó a preocupar su cambio de conducta. Fumaba, consumía alcohol a sus 16 años, cuando nunca lo había hecho. Bajó su rendimiento escolar, que había sido sobresaliente”, recuerda Adriana.

León cambió notablemente, empezó a distanciarse de nosotros, a no contarnos cosas.

“Vino a plantear que se quería ir a vivir con el cura a la casa parroquial, cosa a la que nos negamos de plano. El protestaba, decía que “Edu” era su amigo. ¿Qué amistad puede tener un chico de 15 con un hombre de 50 años?”, se indigna Julio.

Una decisión drástica

Un día, los malos presentimientos que tenían los Frutos acerca del cura se confirmaron de la peor manera. El director del hogar los llamó para que fueran urgentemente, porque León se había querido suicidar. El chico se había hecho tajos en los brazos porque no sabía cómo escapar del asedio del sacerdote.

“A pesar de los cambios que notábamos no había nada que nos hiciera sospechar la gravedad de los hechos. Después de mucha insistencia, León nos contó lo que había pasado. Había sido capturado psicológicamente y estaba en una trampa de la que no podía salir. Creyó que únicamente podía emerger tomando una decisión tan drástica como matarse“, explica el padrino del chico abusado.

León relató cómo el cura había formado un grupo de chicos de los que abusaba, organizando fiestas con sexo y alcohol, presionándolo para que incorporara nuevos jóvenes que le señalaba en la comunidad parroquial y estudiantil, denigrándolo cuando no accedía a su acoso.

Adriana revive ese momento: “Sentí una impotencia terrible. Bronca, angustia y desesperación. Tuve ganas de salir del hogar corriendo a trompearlo“.

Había sido capturado psicológicamente y estaba en una trampa de la que no podía salir.

Julio confirma lo dicho por su esposa. “Tuve que calmarla. Le dije al director que él era el responsable de que el cura no se acerca a a León, pero en cambio le avisó y lo dejó a merced de Lorenzo, que vino pateando la puerta a ofrecerle plata y a amenazarlo. Lo emborrachó en una parrilla. Le dijo que como capellán de la cárcel podía acceder a gente que le podía hacer las peores cosas“, se estremece.

Los Frutos tenían que tomar varias decisiones esa noche. Primero, la reubicación de León lejos de su abusador. Después, hacer la denuncia. Como católicos profundamente creyentes y practicantes, recurrieron al día siguiente al arzobispo Héctor Aguer, que no estaba disponible. Hablaron primero con su secretario, que escuchó alarmado lo que tenían para decirle y luego, los recibió el obispo auxiliar Antonio Marino.

Lo que siguió es semejante a una comedia de enredos. “Es muy grave lo que pasa, pero nadie quiere hacerse cargo de denunciar. Hablan, pero después no se hacen responsables”, se quejó. “Le estoy diciendo que yo estoy dispuesto”, le contestó Frutos. “Lo que pasa es que ahora no hay nadie que le tome la denuncia”, se atajó Marino. “Entonces, qué tengo que hacer”, protestó su interlocutor. Entonces, Frutos resumió en cuatro páginas lo vivido por su ahijado y las entregó al día siguiente. Hacía responsable a la Iglesia de la integridad de León y de los otros jóvenes.

A los tres días, fue citado por Aguer. Después de una hora en la que repitió lo narrado en el escrito que ya había presentado, al salir, se encontró con que el cura acusado esperando para entrar. Se acercó, lo saludó y le dijo: “Vine a ver a tu padre y el mío para que decida quién de los dos es un mentiroso“.

Le dijo a Lorenzo: “Vine a ver a tu padre y al mío para que diga quién es un mentiroso”.

Tres meses después, amigos de los Frutos se encontraron con Aguer, que se justificó con una frase insólita: “Qué quieren que haga. Lorenzo presentó muchos buenos antecedentes“.

Julio Frutos se sintió burlado, pero no se amilanó, y al día siguiente se presentó en la justicia penal. La fiscal Ana Medina lo recibió “de maravilla”. En la causa declararon muchos testigos. Incluso, un muchacho de 30 años que en su adolescencia había sido integrante de un grupo de scouts en la parroquia de Olmos, donde Lorenzo había organizado campamentos. “Se bañaba con nosotros, y con un chico que había elegido. A la noche, el cura se metía en las bolsas de dormir sigilosamente”, acusó.

Los Frutos pensaron que el proceso marchaba aceitadamente, pero a los cuatro meses y veinte días, recibieron una notificación de que la causa se había archivado.

Decidieron entonces dedicarse a reconstruir a León, que se sentía arrasado por lo que había padecido. Se habían imaginado entregándole un diploma en la universidad y ahora debían afrontar terapias, rogar que no cayera en adicciones. “Era un tren bala que había chocado”, resume.

“Lorenzo es poderoso. Tiene relaciones en la Justicia y en la política. Su abogado defensor es caro, y no sabemos quién se lo paga”, señala Frutos cuando se lo interroga sobre cuáles son las razones por las que la causa estuvo congelada hasta hace horas, cuando su abogado, Juan Pablo Gallego consiguió reactivarla justo cuando se había pedido el sobreseimiento.

Un pozo ciego

Pasaron diez años desde la primera denuncia. Un grupo de padres y madres de una escuela de Tolosa consiguió que la Iglesia no nombrara a Lorenzo en ese lugar. Pero el cura aún cuenta con el apoyo del arzobispado. El domingo pasado concelebró misa con el nuevo arzobispo, Víctor Fernández, nombrado por Francisco.

Sin embargo, los Frutos reafirman su fe católica. “Nos sentimos católicos, creo en Jesucristo, pero siento que no puedo confiar en los sacerdotes de la diócesis”, afirma Adriana.

Julio va más allá . “Mi relación con el Señor es cada vez más intensa, más transparente, y comprendo cada vez más los desprecios de que él fue objeto. Mi crisis no es con Jesucristo, sino con estos sacerdotes que creen que la Iglesia es un destino de privilegios y no de servicio, de encubrimiento y no de verdad. De malos tratos hacia la juventud, no de un lugar de defensa y de amparo”.

No es raro que las víctimas respondan con silencio y automutilación.

En enero le escribió una conmovedora carta abierta al arzobispo Fernández, pidiéndole su consejo y orientación. El que sigue es solamente un pasaje:

Las víctimas de abuso sexual son personas arrojadas a un pozo ciego existencial. Depresión, adicciones y tentativas de suicidio serán algunos de sus compañeros de camino.

Uno de los grandes impedimentos que encontrarán para salir de ello, será la falta de credibilidad que le ofrecemos generalmente. No ser creídos es uno de los principales motivos de la revictimización. En tensión con ello aparece el reclamo de los acusados acerca de su buena fama, que generalmente confirmamos con mayor facilidad y rapidez. Ya no es solo un abusado, ahora es también un mentiroso y un dañino provocador de la buena fama de personas valiosas.

No es raro que respondan con silencio y automutilación.

Como mantengo la promesa bautismal de morir dentro de la madre Iglesia, me permito hacerle este entrañable pedido de ayuda –que ningún imbécil debiera confundir con un airado reclamo-: Dígame Monseñor su consejo pastoral y paternal.

La respuesta no se hizo esperar: una carta documento del Arzobispado donde se le respondía de que de no conocer su cualidad de fiel cristiano, se lo acusaría de “embestir contra la Iglesia toda embistiendo contra la persona del padre Lorenzo” y de “perseguir otros intereses”.