La palabra de Roberto Sánchez

El Gitano, en su show “El hombre de la rosa” (2001).El gran debut Sandro y Los de Fuego surgieron oficialmente como número “relleno” en un festival rockero en el Luna Park en 1962. Treinta y ocho años después, en un improvisado camarín que le acondicionaron en el medio de un pasillo (justo atrás de los…

La palabra de Roberto Sánchez

El Gitano, en su show “El hombre de la rosa” (2001).

El gran debut

Sandro y Los de Fuego surgieron oficialmente como número “relleno” en un festival rockero en el Luna Park en 1962.

Treinta y ocho años después, en un improvisado camarín que le acondicionaron en el medio de un pasillo (justo atrás de los últimos telones de la escenografía del show privado para las consultoras de una empresa de cosméticos), Roberto recuerda:

“Es verdad, con Los de Fuego nos bajaron de este mismo escenario a monedazos porque éramos contestatarios. Vinimos como teloneros a un festival organizado por el programa La Escala Musical, el gran éxito de aquellos años. Subimos. Teníamos puestos unos pulóveres bordó con una F de lamé que nos había pegado mi vieja.

Primer tema y empiezan los silbidos. Segundo tema: al llegar al solo de guitarra nos tiramos todos por el suelo, cosa impensada en esa época, pero ni nos escucharon, la

lluvia de monedas fue tan grande que tuvimos que salir rajando. ¡Qué bronca nos comimos! Creo que esa noche ¡habían acuñado monedas especiales para nosotros! Sin duda, fuimos los primeros en incorporar la pirotecnia y los gritos en el escenario. Yo, con toda la calentura, dije: ‘Voy a volver y estos van a matarse aplaudiéndome’.

Diez años después volví”.

Sandro no exagera con su crónica. En ese templo del boxeo durante el Tercer Festival del Twist les tiraron de todo, no solo monedas. No era la primera vez. Ya les había pasado en El Recreo de Villa Fiorito, un local de tradición tanguera, cuando les interrumpieron la actuación con sillas y sifones “voladores”. “Rajemos”, gritó él. Y así lo hicieron. Con los instrumentos al hombro huyeron a toda velocidad por los fondos, saltaron una tapia y cruzaron las vías del ferrocarril. Cuando pararon, Roberto preguntó: “¿Estamos todos vivos?”.

 

Uno de sus primeros recitales con Los de Fuego.

El peso de la fama

“Entré en una vorágine enfermiza. Durante muchísimos años hice cine, televisión y giras, todo a la vez. Vivía prácticamente arriba de un avión, porque tenía que hacer una gira, llegar a Buenos Aires para presentarme en televisión y después trasladarme a la otra punta para continuar una película. Sí, me la pasaba arriba de los aviones, es más y esto es en serio, tenía una valija en el aeropuerto. Llegábamos a veces de Chile, cambiábamos la valija ahí nomás, me vestía y salíamos para los Estados Unidos.

Llegó un momento que creo que tuve más horas de vuelo que un comandante. Fue una época de muy alto costo, gané mucho dinero, es cierto, pero el costo en lo espiritual y en lo personal fue muy alto porque creo que hay momentos en que no sabía dónde estaba. Fue un trabajo desgarrador, a veces se te exigen cosas que están más allá del límite de lo humano, no solamente lo físico sino el interior. Hoy, conociendo el precio, no sé si haría lo mismo, estaría en la música porque es mi pasión, mi vocación y mi forma de vida, pero no creo que entraría en ese juego que entré, que yo desconocía, por supuesto.

¿Si me pesó la fama? Yo era muy chico, me fui desarrollando como persona con el éxito y estaba muy solo. Parece el dicho árabe: ‘El que primero llega, se gana el desierto’. Es muy pesado, porque hay un momento en el que no sabes qué hacer con tu fama”.

 

En el aeropuerto de Montevideo, antes de su debut en el Uruguay (1969).

De buenos y malos momentos

“Siempre digo que no soy quién para juzgar a nadie, porque este es un negocio y aquí cada uno se lo gana como puede. Esta es una carrera en la que enseguida llega el halago y las relaciones por interés. En un momento dado podés ser carne para esa picadora, ya sea por rating o por un disco más, y te pueden destrozar. Antes, cuando estaban los discos de vinilo, se hacía la campaña de prensa, tu disco ‘echaba humo’ y vos no eras un cantante, eras un número en el disco, los vendedores decían: ‘¿Viste cómo anda el 14.301?’. Para esa prensa cuando el disco deja de ‘echar humo’ vos ya te acabás, hasta que venga el próximo; eso es lo que ocurre en el negocio, pero la única realidad después está en la gente. Uno, a lo mejor, cuando es pibe se la compra, creés que Dios es tu secretario y cuando vienen los momentos malos, los momentos donde no hay tanto éxito, si empezás a decir: ‘¿Qué pasa?, ¿qué me pasa?’. Es que te compraste lo que vendés, estás mal hermano, acá somos laburantes que tenemos una obligación: subir al escenario y durante dos horas venderle ilusión a la gente, y nada más”.

 

Con Aldo Aressi, su amigo y representante, en el camarín del Gran Rex.

Dios

“Yo creo en Dios. Siento su presencia y permanentemente me acompaña. ¡Me ha zafado de cada cosa! Porque  cuando se tienen 30 años, todo el éxito, toda la guita, juventud, salud y las mujeres te persiguen, decís: ¿Así que esto era la fama? Tenés que tener alguna aspiración más que eso. La gloria, el poder y toda esa estupidez fuera del ojo de Dios que no sirve para nada, nacemos desnudos y morimos desnudos”.

El ídolo

–¿Cómo se conserva el statu quo de sex symbol desde los veintipico hasta después de los 50 años? –le pregunté una noche en el camarín.

–A mí no me preguntes nada, Gracielita. ¡Yo soy inocente de todo! Yo subo y hago lo mío, lo demás corre por cuenta de ellas. ¡Yo no tengo nada que ver!

–Pero los ratones los fuiste creando vos…

–Me hace acordar a aquel borracho que se metió en un cine. En una sala daban una de Tarzán y en la otra, una de King Kong. El borracho entró y se equivocó, y cuando salió uno le preguntó: “¿Lo viste a Tarzán?”. “Sí, pero no sabes cómo creció la mona Chita…”. Mirame ahora, con esta panza, ¿te parece que puedo ser un símbolo sexual? Si yo, cuando me desvisto, ¡apago la luz! (remata con falsa humildad, porque no ignora que afuera cualquiera de “sus nenas” le diría lo contrario).

–¿Vos aprovechás esa devoción?

–¡Sí! Creo que es un clásico. Georgina Barbarossa dijo: “Sandro es como el fútbol para los hombres, porque es divino, porque es sexy, porque canta brutal. Es parte de nuestra identidad. El tango, el fútbol, Sandro, los ravioles con la vieja”. A veces siento que en el espectáculo se vive un ambiente de cancha femenino, y por eso nos divertimos mucho.

–¿Cuál es el secreto para permanecer?

–No sé… Si yo tuviera el poder de hacer un ídolo, te imaginás que tendría la agencia artística más grande del mundo, no canto más y me dedico a hacer ídolos. Esto es un misterio, es una cosa que muchas veces hemos tratado de dilucidar y hemos pasado largas noches haciendo una especie de sociología aplicada, psicología, comunicación de masas, pero todo eso no sirve para nada frente a un misterio tan maravilloso. El otro día vino a casa una señora de 82 años, casi desdentada, muy viejita. Llegó preguntando por mí porque quería decirme que tenía un dinero y ¡quería poner un negocio para que me quedara para mí! Es de una ternura que no tiene medida. Quizá el secreto está ahí, en que no se pueda explicar. Lo único que te puedo decir es que yo soy un romántico, de lo contrario no podría escribir las cosas que escribo, y sigo saliendo ahí y me divierto. Y también que las amo desde el fondo de mi corazón.

 

Con Olga Garaventa, en la intimidad de su hogar de Banfield.

La felicidad

–¿Sos un hombre feliz? –le pregunté en el locutorio, la tarde del 5 de noviembre de 2005 al final de la entrevista en la que me contó, entre otras cosas, que se había enamorado.

–Espiritualmente sí. Espiritualmente soy absolutamente feliz, lo que ocurre es que hay ciertos momentos en que te falta el aire y te bajoneás. Yo tengo una piscina preciosa que está ahí (la señala como si su dedo fuera capaz de atravesar la pared que nos separa de ella) pero ¡no puedo nadar! Soy como el Rey Midas que todo lo que toca es oro. Esto es lo mismo, yo toco todo pero me muero de hambre. ¿Te das cuenta? Tiene que ver con mi historia personal. Como sabés me costó muchos años entender y que se entendiera que soy un hombre que se llama Roberto Sánchez que labura y hace de Sandro.

Los sueños del Gitano

Siempre dijo que Dios lo había elegido, que le regaló un don. Hoy, a la distancia, de verdad podemos decir que todo eso era cierto. Roberto Sánchez estuvo tocado por la mano de Dios. La madrugada del lunes 17 de mayo de 2004, apenas terminado el último show de Sandro, le pregunté:

–¿Pensaste qué te gustaría que dijeran de Sandro cuando Roberto ya no esté?

–Que fue un tipo que divirtió, que hizo sentir bien y cumplió con esta misión que me encomendó Dios de tratar de hacer que la gente fuera medianamente feliz.

–¿Qué ves de vos si cerrás los ojos?

–Me veo sentado en la habitación del “yotivenco” de Valentín Alsina. Me acompañan el tocadiscos Winco y la primera guitarra eléctrica que tuve, que me había comprado a

crédito con mi laburo y la ayuda de mi viejo que me salió de garante. Cierro los ojos y estoy escuchando aquel disco de Los Ventures, y yo estoy tocando encima durante horas, copiando todos los temas. Me estoy viendo antes de ser el primer Sandro y Los de Fuego, cuando éramos un grupo instrumental, en el que yo era el que menos mal tocaba la guitarra. Cierro los ojos y vuelvo a tener catorce años, y tengo los sueños intactos.

(Fragmentos del libro “Sandro de América”, de Graciela Guiñazú. Publicado por Editorial Planeta, es la base de la miniserie homónima de Telefe).