Resistió a Macri y a la pandemia: el insólito negocio de relojes de arena

Reloj no marques las horas y resulta que la señora vende relojes, pero relojes de arena. Tirame las agujas. Y las tiró nomás. Una lista de oficios excéntricos la pondría cabeza a cabeza con el catador de comida para mascotas y la inspectora de medialunas. Pasás por la vidriera de Boedo al 400, Relojería Casa Raab, y…

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Reloj no marques las horas y resulta que la señora vende relojes, pero relojes de arena. Tirame las agujas. Y las tiró nomás. Una lista de oficios excéntricos la pondría cabeza a cabeza con el catador de comida para mascotas y la inspectora de medialunas.

Pasás por la vidriera de Boedo al 400, Relojería Casa Raab, y hay un pibe que mira los artefactos.

-¿Sabés lo que es eso?

-Un salero.

Antonieta, la propietaria de Casa Raab, tuvo esposo y padre relojero. Foto Andrés Delia

En fin, sin saber muy bien si hablaremos con un comerciante o un paciente psiquiátrico, entramos haciendo toc toc en la puerta cerrada por cuestiones de seguridad.

Pensamos en voz alta que el reloj de arena debe ser el más impreciso instrumento de precisión. La señora que sabe del oficio se llama Antonieta y lo ratificará en un rato, atentando contra sus propios intereses. “Los relojes de arena no son exactamente relojes”.

Es verdad, el chico del salero tenía razón. El artefacto no parece decirnos nada acerca del tiempo. Saber qué pasa con la arena que va de un lugar a otro requiere de un reloj de verdad. Los más avispados cuentan que esto no es más que un homenaje a Bill Gates y Windows: clá, el relojito de arena que te avisa cuando la compu esta lenta.

En el barrio se sabe de “la señora de los relojes de arena”. Nos dicen que el local no cerró “ni con la pandemia ni con Macri”. Insólito lugar.

Un lugar con tradición familiar

Antonieta es hija de relojeros y viuda del ilustre tiempista que trabajaba en el Pasaje Rivarola, Miguel Raab. El hombre se dedicaba a resucitar tictacs en esa calle céntrica conocida como la “cuadra espejo”, única con un aspecto absolutamente simétrico en sus edificios de ambas veredas.

Raab falleció hace diez años y una década hace que “la Chacarita de los relojes”, como se conoció su local emblema, dejó de funcionar. Del reloj redondo que colgaba de la pared como una luna plateada, sólo quedan restos vandalizados y vecinos de la cuadra mágica ideando una puesta en valor.

Jorge Lanata colecciona relojes de arena. Parece que el gordo tiene un balneario en su casa. Antonieta es Antonieta Ana Bonardi de Raab, una mujer de 83 años que todos los días sale de su casa y va hacia el negocio rebelde que quiso tener cuando murió su marido.

“Trabajaba con Miguel, que se ocupaba de los relojes más importantes de la vía pública. Pero yo antes de conocerlo me había convertido en relojera porque era el oficio de mi papá”.

Trofeos y medallas. “También sigo arreglando relojes cucú”, dice Antonieta de Raab. Foto: Andres D’Elia

Hija de un relojero que se casó con un relojero. Les ha pasado de estar a la hora señalada y darse cuenta de que ninguno de sus amigos había llegado. Cinco minutos tarde: beso indiferente en la mejilla. Diez minutos tarde, reproche. Quince, volcá tu cerveza sobre el pantalón del impuntual.

“Miguel compraba los relojes de colegas que se morían y los guardaba o los arreglaba o los vendía. En el Pasaje Rivarola había relojes de más de 100 años. Su especialidad era lo antiguo. Vivía para esto”.

Una ocupación fascinante

-¿Cómo se explica semejante fascinación por los relojes?

-Yo soy concertista de piano. No tengo nada que ver con la relojería, pero mi marido me fue enseñando y con él aprendí a hacer relojes de arena. Era nuestro hobbie. Sigo arreglando relojes cucú, de pared, relojes pulsera y de bolsillo. De eso vivo. Pero quise hacer relojes de arena, como le hubiera gustado a él. Miguel era famoso, un tipo muy querido. 350 reportajes le hicieron. Los tengo todos.

-¿Hay buenos relojeros en la Argentina?

-Muy pocos. Conocí solo uno que hacía relojes de bolsillo. Y te digo algo: lo que Miguel arreglaba nunca se descomponía.

En la vidriera vemos como 30 ejemplares de arena de diferente tamaño. “Hago cada vez menos por la artrosis”.

-¿Cuál es el reloj de arena que más se vende?

-El de tres minutos y el de cinco.

-¿Precio aproximado?

-1.500 pesos.

-¿Un puñado de arena es equivalente a un minuto?

-Bueno, eso puede depender del tamaño de la mano. Un puñado de arena no lo puedo calcular en tiempo. Para eso está el cronómetro. Todas las ampollas de vidrio y el agujerito del medio por donde pasa la arena, pueden ser más anchos o más finitos. Los globos salen de acuerdo al soplido, y algunos especialistas tienen más aliento que otros.

-¿Un grano de arena es medio segundo?

-No, el grano de arena pasa al toque. No computa.

-¿Vende bien?

-Yo sigo vendiendo, un poco menos que antes, pero vendo, sí. Muchos chicos compran para sus juegos de mesa o para verlos como souvenirs. Yo hago unos muy relojes de arena muy chiquitos, diminutos. Relojes de arena sin medida. Meto la arena, lo cierro y ya está.

El misterio de la arena

-¿Usa arena de Villa Gesell?

-No sé de dónde es. Me la trae el proveedor y supongo que es de algún balneario, pero no te lo podría asegurar. Cuando me la traen la tengo que lavar, dejar secar y colarla con un aparato grande que trae seis o siete tamices.

La experta Antonieta de Raab dice que los relojes de arena “no son nada exactos”.

-¿Lanata compra acá?

-No, y es raro porque sólo cuatro o cinco lugares hacen relojes de arena. Mucho psicólogo me compra. Queda mejor mirar la hora de cada sesión en un reloj de arena que en el teléfono o en la muñeca.

-¿Qué tipo de gente está usando reloj mecánico?

-Abogados y médicos. Hoy el teléfono reemplazó al reloj. Los jóvenes no usan, pero para algunas personas sigue siendo imprescindible. Hablo de relojes importantes con muchas agujas, con cronómetro. Acuérdese que alguna vez el reloj pulsera fue como el celular para los jóvenes.

Soplar y hacer botellas es un refrán que se usa cuando una tarea parece fácil. Sin embargo, nada se ha dicho sobre la actividad de soplar y hacer relojes de arena. Pudiendo haber sido Dizzy Gillespie o el viento Zonda, hay gente que se dedicó de lleno a esta esférica dimensión.

-Las ampollas no las hago yo. Hay sopladores de vidrio que hacen cualquier cosa que le pidas.

-¿Dónde se los puede ver trabajando?

-Te averiguo. Hasta faroles hacen.

-¿Usted cree que las botellas de Coca Cola alguna vez se habrán hecho así?

-Bueno, yo tengo un reloj de arena hecho con dos botellitas de Coca. No lo vendo.

-¿Por qué?

-Porque no.

-Así que el reloj de arena es apenas estimativo…

-No es para nada exacto. Cuando lo das vuelta cae un poco de arena antes de que pongas el cronómetro. Y además hay que ver el segundo que uno pierde cuando lo gira. Nada más impreciso que un reloj de arena. Nunca es puntual. Nunca es el mismo tiempo.

WD

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