#25N y la importancia de tejer redes: de la violencia de género no se sale sola

Sólo en lo que va de este año hubo en Argentina 229 femicidios, 7 travesticidios y 168 intentos de femicidio. El 65,5% de los femicidios fue cometido por las parejas y ex parejas de las víctimas. El 60,6% de los femicidios ocurrió en la vivienda de la víctima. Entre los femicidas, 19 eran policías, 4…

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Sólo en lo que va de este año hubo en Argentina 229 femicidios, 7 travesticidios y 168 intentos de femicidio. El 65,5% de los femicidios fue cometido por las parejas y ex parejas de las víctimas. El 60,6% de los femicidios ocurrió en la vivienda de la víctima. Entre los femicidas, 19 eran policías, 4 militares y 1 gendarme. Entre las víctimas, 36 habían realizado al menos una denuncia (el 16%) y 22 (sólo el 10%) tenían medidas de protección. Al menos 168 niñas y niños perdieron a sus madres como consecuencia de la violencia machista. Los datos son del Observatorio de las Violencias de Género “Ahora Que Sí Nos Ven”, y se dan en el marco del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las mujeres.

El femicidio es la violencia más radical, el final extremo de un camino plagado de otras múltiples violencias. En abril de 2009 se sancionó en el país la Ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los Ámbitos en que Desarrollen sus Relaciones Interpersonales. Allí se detallan los distintos tipos de violencia: física, psicológica, sexual, económica y patrimonial, simbólica. Y sus modalidades: doméstica, institucional, laboral, mediática, obstétrica.

En América, el 30% de las mujeres denunció violencia física y/o sexual por parte de una pareja. Y el 11% violencia sexual por parte de una persona que no es pareja. Un reporte de la Cepal basado en información oficial de 15 países de América Latina y 3 países del Caribe muestra que 4.555 mujeres fueron víctimas de femicidio en 2019. En números absolutos, los tres países con más femicidios son Brasil, México y Argentina. Pero las tasas más altas de feminicidio por cada 100.000 mujeres se dan en Honduras, El Salvador, República Dominicana y Bolivia.

Hay muchas actitudes violentas que no se toman de esa manera y se naturalizan. Foto: Constanza Niscovolos

Desde hace unos años a esta parte la violencia de género tiene nombre, leyes, sanciones, castigos, estadísticas, medidas, recursos. Nada la detiene. ¿Por qué no baja la violencia de género? 

El lugar intacto del varón

“No sorprende que no baje. Las inscripciones que tenemos las mujeres en nuestros cuerpos y cabezas son muy fuertes. Vienen de las madres, los padres. Una cosa es lo discursivo y otra cosa es lo que ocurre puertas adentro o en situaciones de mayor intimidad y a nivel cotidiano. El lugar de poder del varón sigue intacto”, explica a Clarín Fernanda Tarica. Es médica, y en 2003 fundó la Asociacion Civil de Prevención y Asistencia de la Violencia Familiar Shalom Bait: “Paz en el Hogar”.

En el centro, ubicado entre Villa Crespo y Chacarita, atiende un equipo de psicólogas, abogadas, trabajadoras sociales, médicas, todas especializadas en violencia de género, abuso sexual, y maltrato a niños, niñas y adolescentes. El abordaje es integral y con perspectiva de género. Se da asistencia psicológica, asesoramiento legal y patrocinio jurídico. En este momento hay diez grupos a los que asisten 200 mujeres. La demanda es enorme. Están por abrir dos grupos más. Las mujeres que pueden pagan un bono contribución. Las que no pueden no, y aún así son asistidas. Shalom Bait se sostiene con donaciones y financiamiento de organizaciones internacionales.

En SHALOM BAIT Asociación de Prevención y Asistencia a las mujeres víctimas de violencia de género hay un grupo importante de profesionales que acompañan todo el proceso. Foto: Constanza Niscovolos

“Por más que el tema está visibilizado, el miedo que se arma en una mujer que vive situaciones de violencia crónica es el mismo de siempre. Todavía la sociedad no se quiere meter. Intervenir significa una responsabilidad, y así es como la mujer sigue sola. Tiene miedo de denunciar y quedarse sin sostén, sin dinero para ellas y sus hijos -asegura Tarica-. Los femicidios son tremendos, pero el número es ínfimo en comparación con las múltiples violencias que sufren las mujeres cotidianamente”.

#NoEsAmor. Foto: Constanza Niscovolos

“Decir basta y cortar los abusos”

A. es empleada administrativa, tiene 42 años, un hijo adolescente y una nena. Cuando ella tenía 5 años la abusó su abuelo, que después la manipuló durante mucho tiempo más. Nunca le contó a su madre, también víctima de violencia por parte de este padre y de su marido. Su abuela también había sido violentada. “Casi como una cosa de sangre la violencia en mi familia”, dice a Clarín.

A. se hizo budista y pensó que así encontraría la paz, pero volvió a encontrarse con la violencia con su marido que la dejaba sin plata a ella y a los chicos. Se gastaba todo, incluso el sueldo de ella. “Yo le decía de separarnos y él no quería, nos peleábamos, y yo no podía salir sola de esa relación”, asegura. Su hija se enfermó, su hijo también. Y ella. Todos enfermos.

A.entró en Shalom Bait. “Hasta que no llegás a un grupo no te salvás. Ninguna mujer puede salir sola de estas situaciones. Tener una red y estas acompañadas es clave. En los grupos lo vemos, y somos todas distintas a nivel estudio y situación económica, sin embargo hay algo que es igual. Estamos criados en un mundo machista y patriarcal y los varones no pueden salirse de estas estructuras. Pero debemos decir basta y cortar la cadena de los abusos contra las mujeres. Lo más difícil es darse cuenta y hacerse cargo. Tuve muchas idas y vueltas con mi ex, hasta que ví que tenía una red y me tiré de cabeza porque sabía que me iban a sostener”.

A. celebra formar parte de los grupos: “Yo volví a nacer. No es un bajón escuchar a otras mujeres, es todo lo contrario, te da fuerzas. Me hice amigas y eso es un tesoro. También ahí te das cuenta que para tus hijos es lo mejor, porque vivís en relaciones de gritos, maltratos, angustia, tristeza. Ahora hay paz. Y yo materno desde otro lugar. Hay que cambiar la actitud con la crianza”.

Hablar es fundamental para la recuperación. Foto: Constanza Niscovolos

El círculo que no acaba nunca

B. organiza eventos, tiene 43 años, tres hijos en la adolescencia. “La primera vez que me apretó fuerte el brazo me dejó un moretón. Pero su violencia era sobre todo psicológica. Y no se lo contaba a nadie porque él ya me había alejado de mi familia, mis amigas. Sólo veíamos a su familia, y cuando estábamos con ellos él se portaba bien, pero después me hacía daño todo el tiempo”, cuenta sobre su ex, el padre de sus tres hijos.

Una vez él se fue de viaje y ella se sintió tan bien que cuando volvió le dijo que quería separarse. El se enojó tanto que ella -que estaba embarazada- temió que se le tirara encima y entonces se encerró en el baño. El rompió la puerta del baño. Otra vez la arrastró de los pelos y le pateó las piernas. “Hacía un mes que yo iba a los grupos de Shalom Bait. Por suerte, porque hubiera seguido con él, pero en vez de seguir aguantando su violencia me acompañaron a denunciarlo”.

Le pusieron una perimetral y él se acercaba igual, le ponía carteles en el árbol de la puerta, pasacalles. Le pedía perdón. “Y de nuevo: por suerte estaba en los grupos de ayuda porque sino hubiese vuelto, pero ahí aprendí sobre el círculo de la violencia, que te hace daño, después te pide perdón y no se acaba nunca, y encima la violencia es cada vez peor”, explica a Clarín.  

“Es mentira que las mujeres queremos guerra, sólo queremos paz. Lo que pasa es que la violencia te lleva al enojo. Y terminás en la Justicia porque no tienen límite“, agrega. En su caso, igual, no todo está en la Justicia. Por ejemplo, él no le pasa alimentos y ella se hace cargo de todos los gastos de sus tres hijos. “Y peor, me enteré que cobraba la asignación por hijo y se la gastaba en él“.

“Es difícil la Justicia, es lenta, los trámites largos, te lo cruzás. Si no estás sostenida y acompañada dejas las denuncias o volvés con él. Una vez la abogada que me acompañó me dijo ‘ponete los anteojos negros así no te ve los ojos’, porque esos tipos te manipulan con la mirada”.

B asegura que también se separó por sus hijos: “Somos el modelo para nuestros hijos, y yo no quería que repitieran esa historia. Ellos vieron que me pegaba. La psicóloga me dijo que les hablara y que le pusiera nombre y apellido a la situación, que dijera que era una persona violenta y que eso estaba mal. Así que hice eso, les hablé con la verdad. Desde la separación los chicos siempre vivieron conmigo”.

Cuesta mucho detectar las violencias, suelen naturalizarse y hasta negarse. Foto: Constanza Niscovolos

Abusivos, extorsivos 

C es traductora de inglés, tiene 40 años, una hija adolescente y un niño. Se separó del padre de sus hijos cuando eran pequeños y al principio fluyó, podían ponerse de acuerdo. Con la pandemia todo se complicó. Los chicos estaban todo el tiempo con ella y él los buscaba a veces si, a veces no, a deshora, sin avisar. “El se desentendió de los chicos y yo empecé a tener problemas con mis trabajos, porque tengo varios para mantener todo”, dice a Clarín

Cuando ella empezó a hacer planteos él contraatacó: le dijo que pediría la tenencia y que le sacaría los chicos. “Mandaba audios muy violentos, abusivos. Y eso que él no me pasa un peso por los chicos”. Le recomendaron ir a los grupos de Shalom Bait. “Eso fue lo que me permitió salir de una situación que me tenía abrumada. Me di cuenta que no soy la única que pasa por este tipo de maltratos y que para estos tipos abusivos los arreglos extrajudiciales les dan ventaja porque saben ser extorsivos. Por eso es fundamental tener una red, da fuerza. Yo pude iniciar el juicio por alimentos“.

Una “obsesión” y 60 denuncias  

D. tiene 41 años, dos hijas chicas. “El siempre fue celoso, pero yo no identificaba eso como violencia“. El inventaba perfiles y casillas de mail y la invitaba a salir a ver si ella caía en la trampa. También le sacaba el celular y se lo revisaba. Le llegó a poner micrófonos en la casa. Le decía que le habían mandado videos en los que estaba con otros varones a ver si ella reaccionaba. “Pensaba que los celos eran amor y entonces yo justificaba todo lo que él hacía”.

“Se obsesionó con un compañero mío de trabajo con el que pensó que yo tenía algo. Me encerró con llave en la pieza, me empujó, me caí y me corté la cabeza, me tuvieron que dar seis puntos. Ahí reaccioné. Lo denuncié, pero me hostigó tanto que retiré la denuncia. Y avanzó más. Empezó a amenazar a toda mi familia, a mis compañeros de trabajo. Publicó fotos mías en una página de scorts para decir que yo era esa. Me mandaba deliverys a la madrugada, hizo amenazas de bomba a la empresa de mi hermano, dejó de pasar alimentos para los chicos”.

Ahora el ex tiene 60 denuncias, 45 procesamientos. “En Shalom Bait me abrieron los ojos, nunca más desistí de las denuncias, todo lo contrario. La terapia en los grupos es fundamental, ver que muchas mujeres pasamos por esas situaciones, que de ser de distintos estratos sociales nos pasa lo mismo. Pero el apoyo es muy necesario para sostener el proceso judicial, que es muy lento”.

Puede llevar años salir de una relación abusiva. Foto: Constanza Niscovolos

Responsabilidad política

“Lo que hay que entender es que estas situaciones no se desarman enseguida, que son procesos lentos y a largo plazo. Las raíces del patriarcado son muy profundas. Antes reproducíamos un modelo, ahora ya se está cambiando y deconstruyendo, pero hay que esperar a las próximas generaciones para que cambie”, explica Tarica.

“Decimos que la violencia de género es un problema social pero las mujeres se las siguen arreglando solas. No alcanza con ir a las marchas de #NiUnaMenos. Habría que hacer un grito global para que la sociedad y el Estado acompañe. La violencia de género no es un problema personal ni de parejas sino una responsabilidad política”, concluye Tarica.

Respuesta del Estado

“Hemos implementado políticas públicas concretas para el abordaje de situaciones de violencias por razones de género de mujeres y LGTBI+”, asegura a Clarín Josefina Kelly, secretaria de Políticas Contra la Violencia por Razones de Género del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad.

Cita el Programa Acompañar (da apoyo económico equivalente a un salario mínimo durante seis meses, en este momento llega a 89.849 personas); el Programa Acercar Derechos (equipos interdisciplinarios de profesionales del derecho, la psicología y el trabajo social, asisten a 2250 personas en situación de violencia); el Programa para el Apoyo Urgente y la Asistencia Integral Inmediata ante casos de Violencias Extremas por Motivos de Género (acompaña a 190 familiares); el Programa Potenciar (sumó 11.640 personas en situación de violencia), entre otros programas. 

-¿Por qué no hay más campañas?

-El Ministerio impulsa la Campaña Nacional de Prevención “Argentina Unida contra las Violencias de Género”, para trabajar sobre el origen de las violencias, las desigualdades de género y la construcción de otras masculinidades. Además, impulsamos el Consejo Federal de prevención de Femicidios, travesticidios y transfemicidios, junto al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y al de Seguridad, convocando a un actor fundamental que necesita una profunda transformación, que es el sistema de administración de justicia. Sabemos que queda muchísimo por hacer y profundizar. Por eso, vamos a continuar trabajando en cada territorio y fortaleciendo estas políticas con una mirada de cercanía.

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