La desopilante historia de tiros y amantes detrás de La Fille Mal Gardée, que vuelve al Colón

El Ballet del Teatro Colón llevará a escena esta temporada un título precioso del repertorio académico: La Fille Mal Gardée, que puede traducirse como “La hija mal cuidada”, si bien siempre se conserva el título en francés. El último montaje de este ballet-comedia ocurrió en el Colón en 1996. Bienvenido entonces este regreso y la…

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El Ballet del Teatro Colón llevará a escena esta temporada un título precioso del repertorio académico: La Fille Mal Gardée, que puede traducirse como “La hija mal cuidada”, si bien siempre se conserva el título en francés.

El último montaje de este ballet-comedia ocurrió en el Colón en 1996. Bienvenido entonces este regreso y la oportunidad también de recordar el origen de esta obra en el contexto de la Ópera de París, fines del siglo XVIII, y su atmósfera de intrigas, amoríos e increíble promiscuidad.

Sus protagonistas fueron Jean Dauverbal, gran bailarín y coreógrafo de la Ópera y creador de La Fille Mal Gardée, y Marie-Madeleine Crespé –conocida como Mlle Théodore-, que encarnó al personaje central de Lise. La obra se estrenó en Burdeos tres días antes de la toma de la Bastilla, uno de los acontecimientos inaugurales de la Revolución Francesa, el 4 de julio de 1789.

Viajemos al clima de época

Ubiquémonos antes que nada en el ambiente de la época. A lo largo del siglo XVIII, las bailarinas y las cantantes de la Opera de París eran conocidas por sus cualidades artísticas y, también, quizás en mayor medida, por la cantidad de amantes que acumulaban, siempre aristócratas u hombres de fortuna. Un simple ejemplo: de Thérése Vestris (hermana del celebérrimo bailarín Gaetano Vestris) se conoce una lista, muy incompleta, de treinta y dos amantes.

Como eran todos hombres de mucho poder político, la policía secreta de París tenía que saber adónde iban, a quién veían y por qué; así sus idas y venidas quedaron registradas en los archivos para contento de los futuros historiadores. En cuanto a los amantes no registrados de Thérese Vestris, se supone, eran una legión.

Grabado del siglo XVIII en el que se inspiró Jean Dauverbal.

Conquistar a una bailarina o una cantante de la Ópera era también para estos individuos un objetivo muy apreciado. El príncipe de Conti fue un auténtico récord en este sentido: mantenía sesenta amantes reconocidas, sin contar las “secundarias”, las “ocasionales” y las “imperceptibles”.

Por su parte, los bailarines varones tenían sus propias vidas tumultuosas. Nuestro Jean Dauverbal, por ejemplo, era un mujeriego insistente y se cuenta de él la siguiente anécdota: el hijo de Gaetano Vestris, que fue un bailarín tan genial y tan admirado como su padre, debutó en la Ópera de París cuando tenía doce años.

Entre bastidores lo observaban su padre y su madre, la bailarina Marie Allard, y también Dauverbal, quien comentó “qué talento el de este muchacho; Gaetano, sé que es tu hijo, ¡pero podría haber sido mío por una diferencia de apenas quince minutos!”.

En este ambiente tan libertino -por emplear una palabra ya fuera de uso-, Mlle Théodore resultaba un caso extraño: era una persona de principios muy morales y completamente indiferente a las adulaciones y los regalos. En 1776, cuando tenía 16 años, formó parte brevemente del cuerpo de baile de la Ópera de París, pero abandonó ese puesto para seguir estudiando en forma privada y para asegurarse de que había elegido la carrera correcta.

Le interesaban las ideas de Jean-Jacques Rousseau, era una gran lectora y comenzó a ser llamada “la filósofa en zapatillas de ballet”.

Su maestro Lany le había asegurado que tendría un muy buen futuro en la danza y Mlle Théodore escribió entonces a Rousseau: “¿Estoy en condiciones de resistirme a las tentaciones y los peligros de ese ambiente?”. El viejo filósofo, que había pasado su vida dando consejos a quienes no se los pedían, le dio una respuesta muy seria, muy detallada y llena de advertencias.

Finalmente, Mlle Théodore ingresó a la Ópera y cuando tenía solo 17 años alcanzó el rango de primera bailarina; logró mantener durante un tiempo su cabeza y sus principios firmes hasta que, desoyendo a Rousseau, se vio envuelta en un escándalo: retó a duelo a Mlle Beaumesnil a causa de Dauverbal, del que se había enamorado.

Los duelos a pistola entre mujeres no eran infrecuentes en esa época y ya una mujer había sido herida seriamente en un duelo por el cantante Chassé.

A pesar de las prohibiciones y del intento de sus amigos por disuadirlas, las duelistas Théodore y Beaumesnil se enfrentaron en un descampado en las afueras de París; uno de los asistentes, sin embargo, había tenido la precaución de colocar las cajas con pistolas sobre el suelo húmedo. Resultado: los disparos fallaron, las rivales estallaron de risa, se abrazaron y abandonaron el lugar.

Nadia Nerina y David Blair, protagonistas de la versión de Ashton en 1960.

Luego los acontecimientos se precipitaron; Mlle Theodore se trasladó a Londres y comenzó a bailar en el King’s Theatre. La Ópera de París le entabló una demanda por incumplimiento de contrato, declaró que la llevaría a la cárcel si volvía a Francia y le hizo todo tipo de amenazas; en fin, una larga serie de conflictos que duraron muchos meses y que culminaron con una sorpresa.

Ocurrió así: Jean Dauverbal había dicho un tiempo atrás a Mlle Theodore que no tenía inconveniente en agregarla a su lista de amantes, pero ella se había negado rotundamente; matrimonio o nada. Inesperadamente para todo el mundo y en medio de aquellas tormentas legales, Dauverbal fue a buscarla a Londres, regresó con ella a su castillo en Champagne y allí se casaron.

La pareja se instaló en Burdeos; ella como primera bailarina de la Ópera de esta ciudad; él como coreógrafo. En 1789 Dauverbal creó “La Fille Mal Gardée” para su esposa, inspirándose en un grabado visto por casualidad en una tienda; en él una joven es retada por su madre en un granero. En la obra, Lise se enamora de un muchacho contra los deseos de su madre, que quiere casarla con el hijo medio tonto de un vecino rico.

Por primera vez en el escenario del ballet se veían personajes comunes, como aldeanos y campesinos pobres, y danzas de origen folklórico. Su éxito fue inmenso y desde entonces hasta hoy nunca dejó de darse, retomada por sucesivos coreógrafos.

La versión del Royal Ballet (la misma que forma parte del repertorio del Ballet del Colón) fue creada en 1960 por Sir Frederick Ashton. La sublime Margot Fonteyn escribió en su libro La magia de la danza: “Si Dauverbal hubiera podido elegir quién recrearía su ballet, sin duda se habría decidido por Ashton”.

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