Un cóctel extraño: recesión económica más ajuste fiscal

Si la medida es el índice de producción manufacturera del INDEC, la conclusión canta que 2023 fue el peor año de la industria nacional en casi una década. Y si se prefiere otra manera de ver lo mismo, tenemos que sólo en un mes de 2019 y tres de 2020 se anotaron registros inferiores a la caída promedio del 12,8% de diciembre de 2023, esto es, muy modestos cuatro meses sobre los 96 que han transcurrido desde 2016 y triunfo rotundo del bajón.

Diciembre de 2023, o sea, el cierre del último ciclo kirchnerista, resultó al final un conglomerado de actividades fabriles en rojo subido, buena parte con cifras inferiores a cero o muy por debajo de cero comparadas con diciembre de 2022. Entre ellas, un 50,7% en maquinaria agrícola; el 32,6% de la siderurgia; 31,9% en equipos y aparatos eléctricos y 25,4% para metales básicos.

Ni la en varios sentidos adelantada producción de alimentos y bebidas de la Argentina se salvó del sacudón. Empujada por el golpe del 11,7% a la carne vacuna y el 23,3% que le tocó a la molienda de oleaginosas, el resultado lleva un menos 7,8% y siete meses consecutivos barranca abajo dentro de un cuadro completo que revela niveles similares a los de octubre 2020, en plena pandemia.

Nada hay detrás de semejantes datos que no sea percibido ni pueda ser considerado fuera de libreto. Según explicaciones del INDEC, hay un cruce de dificultades para acceder a insumos importados, o sea cepo interminable y dólares escasos y, de seguido, problemas de pagos a proveedores y obviamente caída de la demanda interna.

El punto es que estamos hablando nada menos que de una decadencia industrial hace rato instalada en la Argentina, que es igual a seguir perdiendo el tren del desarrollo y del progreso y a seguir conviviendo con empleos de escasa calidad, inestables y poco productivos y con salarios crecientemente deteriorados.

Un dato fuerte del problema: el empleo informal, sin coberturas laborales ni sociales y sin el respaldo de las negociaciones paritarias, ya alcanza a alrededor del 47% del empleo existente en todo el país, tanto como el trabajo en blanco.

Otro de la misma especie tomado de informes de la UIA cuenta que, entre octubre de 2013 y octubre de 2023, en la industria se perdieron nada menos que 68.573 puestos de trabajo formales, en blanco y en regla, respecto del millón 300 mil que se había alcanzado en el pico de la actividad.

¿Y qué sectores sufrieron y sufren el saque?: primero de lejos, textiles, cuero y calzado, seguido de autos y neumáticos y luego, química y petroquímica. Entre las regiones más golpeadas, la Ciudad de Buenos Aires encabeza el pelotón; detrás van el Conurbano bonaerense, Mendoza y San Luis.

¿Y cómo sigue la película? A corto plazo ningún capítulo del horizonte industrial da para entusiasmarse, según la última encuesta que hizo el INDEC entre empresarios del sector.

Sobre la demanda interna, el 49,4% respondió que disminuirá y un 37,4% que no variará, o sea, que continuará deprimida. Respecto de las exportaciones, 23,8% que bajará y casi 60% sin cambios. Previsible por completo, el 82,3% de los empresarios no tiene entre sus planes incorporar personal y un 67% descarta aumentar las horas de trabajo.

Sólo para que el pesimismo no decaiga, ahora las estadísticas de la construcción. De pique, arrojan cifras idénticas o casi idénticas a las de la producción industrial: caída del 12,2% en diciembre de 2023, la mayor desde mayo de 2020, en plena pandemia, y 9 bajas en los 12 meses del año pasado.

Tampoco hay diferencias con la industria respecto de las expectativas empresarias de corto plazo.

El 93,9% de quienes se dedican a obras privadas cree que la actividad seguirá en pendiente o igual que hasta ahora. Entre los de las obras públicas la cuenta arroja un 97,2%. Y las proyecciones sobre empleo y horas trabajadas van en la misma línea y remachan una coincidencia general: nada existe a la vista que suene a una apuesta a la reactivación.

Hay respuestas que ponen el foco en la incertidumbre general, la presión impositiva, en el atraso en los pagos del Estado y, de hecho, en la falta de una política antiinflacionaria que luzca efectiva desde lo concreto.

Surge claro, así, lo que está clarísimo hace tiempo: que el Gobierno deberá lidiar con una economía cargada de problemas que así no hubiesen sido de su propia cosecha es lo que le toca enfrentar y para lo cual debió estar pertrechado.

El Fondo Monetario ya plantó retroceso del 2,8% para este año, luego del 1,1% del mismo signo que habría registrado en 2023. Según el último relevamiento que el Banco Central hizo con especialistas de aquí y del exterior, el PBI caería un 3% y casi todo concentrado en el primer trimestre.

Por si hace falta aclararlo, los números siguen y hablan. Eso sí, algunos meten un poco de miedo por sus magnitudes.

Es el caso de las ventas minoristas relevadas por CAME, una entidad que representa a pequeñas y medianas empresas de todo el país. Los datos de enero contra enero del año pasado marcan una caída promedio del 28,5%; siguen con 31,3% para materiales eléctricos y de la construcción, con 37,1% en alimentos y bebidas y saltan al 45,8% en productos de farmacia, esto es, nada menos que remedios.

De vuelta a la inflación y a la encuesta del Banco Central, tenemos ahí que recién en julio el índice de precios volvería a la zona del dígito: 8%, dice el informe del BCRA. El número de enero es un todavía picante 21,9% y el de todo el año otro más picante aún: 227% o casi 16 puntos porcentuales por encima del 211,4% de 2023.

El cuadro habla de estancamiento con inflación en grande, eso que también se conoce como estanflación, mete ruido donde sobra ruido, desparrama incertidumbres y pega sobre los sectores sociales más vulnerables. También dispara una pregunta inevitable: si todo esto ya estaba a la vista, ¿por qué Javier Milei no llegó con un equipo y un plan armado que atacaran, de entrada, el estancamiento y la inflación?

Cuesta encontrar algo semejante a eso en el discurso de Luis Caputo y abundan, en cambio, los compromisos con la meta de alcanzar rápidamente el equilibrio de las cuentas públicas y terminar con el financiamiento inflacionario del Banco Central, o sea, ajuste fiscal a fondo, al modo de los compromisos con el Fondo y en línea con lo que piden los mercados. Esto es, al fin, el mundo del dinero.

De paso, ¿en qué lugar de la receta de Caputo entra el saque que Milei le pegó a los subsidios provinciales al transporte público que va directo sobre los pasajeros, normalmente de bajos ingresos y empleos inestables? Nada nuevo, un ajuste bien clásico.

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