Posadas, Misiones. Como en otras ciudades, una familia saca los dólares de la caja de seguridad de un banco. Una chica los lleva pegados a su cuerpo, porque “a ella es más difícil que la roben”. La inquietud, el temor constante se abren en la narradora, una joven estudiante universitaria, hacia una profunda reflexión sobre las fantasías a las que convoca el dinero y la ficción del ahorro.
Periodista: “Una crisis económica, social y política cada veinte años, después de todo es una forma de estabilidad”, señala la protagonista. ¿Es una fórmula tranquilizante o cínica de nuestra clase media?
Carmen M. Cáceres: Así como hay gente que habituada a vivir inviernos muy crudos sabe cómo moverse en el frío; los que vivimos en climas extremadamente cálidos sabemos por experiencia cómo vestirnos, qué comer, cómo movernos en el calor. De igual modo la clase media argentina ha aprendido a moverse en las crisis como su hábitat. Desde niñitos mamamos la fragilidad económica. Y nos hacemos la idea de que el progreso es mantenerse. Y que todo se puede borrar por cuestiones externas, y del mismo modo se puede llegar a ascender económicamente. De pronto con los dólares guardados se puede tener el doble de pesos o la mitad. Creo que la vulnerabilidad es una condición sine qua non de la clase media argentina. No es que eso se acepte con cinismo, es que tenemos que amoldarnos al hábitat en que nacimos.
P.: ¿El recorrido que hace Belén, llevando escondidos los dólares de su familia, con el constante temor a una salidera, es lo que le descubre las fantasías que provoca el dinero, la ficción del ahorro?
C.M.C.: Cuando Belén reflexiona esas cosas está pensando en algo que pasó en el 2001. Tiene un nivel de reflexión que no tiene cuando está viajando por la ciudad, primero con su padre, luego con su madre, envuelta en dólares. La ficción permite usar algunas mentiras para decir mejor la verdad.
P.: Cuando se puso a escribir, ¿partió de la idea de mostrar la ficción del ahorro?
C.M.C.: La novela comenzó siendo sobre la ciudad de Posadas, donde vivo. Después fue sobre los lazos en una familia ensamblada. Al final me di cuenta que lo importante era el dinero. Esas versiones previas hicieron que la historia tuviera varias capas de sentido. No es que la escribí de un tirón.
P.: La chica suicida de la casa de al lado, que ahorraba dinero que perdió su valor, ¿es un símbolo de las vicisitudes que vivimos los argentinos?
C.M.C.: Tengo cuarenta años, viví con Australes, pesos, Patacones, una economía prácticamente dolarizada, todos los cambios de moneda que hubo. Y con todo lo que eso trae como fetichismo, conservación de valor, fantasía, con todo lo que eso tiene íntimamente. Yo quiero contar esa relación íntima con el dinero, no hablar de las crisis, de los problemas políticos, porque esa es una manera de desentenderse y no hacerse cargo de las propias fantasías que se tienen como clase media.
P.: En ese sentido la novela tiene un chejoviano cierre dramático que muestra la fragilidad de las ilusiones que se proyectan a partir del dinero…
C.M.C.: Es un final un poco triste. Y es un final que a la vez considero muy realista. A algunos les puede resultar inesperado o impactante. Lo encontré recién en la tercera versión de la novela. Yo tenía en claro que no iba a pasar nada con los dólares porque no es una historia de peripecias policíacas. Una vez más estaba trabajando en el final de la novela, y de pronto me dije: pero, si en realidad los ahorros los estamos usando todos para pagar la prepaga, para pagar una deuda. Eso que le pasa al padrastro de Belén, dueño de una empresita, que tiene que despedir aun empleado, y que este le hace un juicio, a nadie lo sorprende, es lo que le toca. Estamos todos rodeados de pequeños comerciantes que viven con el agua al cuello. En fin, al final los ahorros se terminan usando para las necesidades cotidianas. Y eso no sólo acá.
P.: ¿A qué se refiere?
C.M.C.: Cuando “La ficción del ahorro” salió en España temía que la crisis se leyera como una cosa muy argentina. Pero la leyeron bien, la relacionaron empáticamente con el hecho que están bajando de clase, que todo está caro, por la crisis de 2002, por la guerra en Ucrania, etcétera, todo eso hace que la gente se esté comiendo sus ahorros, pero claro ellos no viven la crisis con la naturalidad que la vivimos nosotros, no se la tienen que ver con los dólares que es algo tan argentino.
P.: “La ficción del ahorro” es un cambio en su narrativa, porque su novela anterior tiene características románticas…
C.M.C.: Tengo cuatro libros publicados. “Un año con los ojos cerrados”, que escribí con Andrés (Barba), es un proyecto muy raro, un ensayo sobre los sueños. Mi primera novela, “Una verdad improvisada”, es sobre un segundo amor, sobre el amor cuando ya nada es nuevo. Trata de una pareja que se conocen a los treinta y cinco, cuarenta años. Tuvieron parejas antes, ahora es un amor diferente, es el amor después del amor. Es improvisar un amor que ya se conoce.
P.: ¿Ser de Misiones, posadeña, la llevó a escribir una meditación sobre el mate?
C.M.C.: “Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate” es un ensayo siguiendo la escuela del famoso ensayo “El libro del té” de Okakura Kakuzo, un librito que tiene cien años, cortito, precioso, se puede leer por internet, y que a mí me partió la cabeza. Además de hablar de la planta del té, de la historia, de la fenomenología, de la importancia de la ceremonia del té para los japoneses, y lo que le pasa a uno cuando bebe té. Cuando leí ese libro, yo que soy muy matera, vivía afuera, y el mate era para mí algo muy identitario. Era la única que tomaba mate en todo mi contexto. Entre el ensayo de Kakuzo y mi soledad, me pregunté qué nos sucede a nosotros cuando tomamos mate. Así salió el libro.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
C.M.C.: Estoy con muchas ganas de empezar una novela, pero estoy trabajando en los guiones de un podcast en seis episodios sobre el mate. Si “Al borde de la boca” habla de la representación cultural del mate, su historia, ofrece una visión intelectual, quizás filosófica, el podcast es para un público diferente.
