Un informe de Argentinos por la Educación señala que el 59% de los niños de tercer grado en Argentina posee un teléfono móvil, mientras que en Corrientes la cifra alcanza el 50%. El médico psiquiatra Emilio Hidalgo advierte sobre los riesgos neurológicos y conductuales del uso temprano de estos dispositivos.
Días atrás se conoció el último informe de la organización Argentinos por la Educación, basado en datos del operativo Aprender 2024. Según el informe, el 59 por ciento de los niños del país que cursan el tercer grado ya son dueños de un teléfono móvil. Un 23 por ciento, aunque no tiene dispositivo propio, utiliza el de sus padres o familiares, y apenas un 18 por ciento de los niños de ocho años permanece ajeno al mundo digital.
En la provincia de Corrientes, esta tendencia alcanzó al 50 por ciento de los alumnos de esa edad. En diálogo con EL LIBERTADOR, el médico psiquiatra Emilio Hidalgo (MP 3.082) afirmó que la presencia del celular en la vida cotidiana de un niño es una «amenaza» para funciones cerebrales. La escuela, explicó el especialista, es uno de los últimos refugios donde los chicos pueden entrenar la atención sostenida, la convivencia cara a cara y la tolerancia a la frustración.
«El celular introduce un competidor permanente que busca captar la atención con recompensas inmediatas que generan dopamina», declaró Hidalgo. Este bombardeo de estímulos no solo fragmenta la concentración, sino que fomenta lo que denominó «pereza digital»: la tendencia a buscar información mediante atajos rápidos (como videos cortos de YouTube) en lugar de procesar contenidos a través de métodos tradicionales como la lectura de libros de papel.
El profesional se refirió a los efectos del uso excesivo y temprano de los celulares. Por un lado, mencionó el deterioro del descanso y el ánimo, donde se observan alteraciones del sueño (especialmente por el uso nocturno), mayor irritabilidad, ansiedad y una drástica reducción del tiempo dedicado al deporte y al juego al aire libre. Por el otro lado, señaló la sombra de las apuestas como uno de los puntos más preocupantes entre la conexión del uso indiscriminado y las adicciones. Las aplicaciones y videojuegos modernos utilizan mecanismos de «recompensa variable» idénticos a los de los juegos de azar, lo que puede normalizar conductas de riesgo y derivar en cuadros de ludopatía infantil.
«Te dan premios variables, desafíos constantes, recompensas impredecibles, además el acceso temprano, si la corta edad facilita el contacto con apuestas online, cajas de recompensa y mecanismos que pueden normalizar conducta de riesgo. Así que sí, son factores a tener en cuenta y que predisponen a las adicciones después en un futuro», detalló.
Desde la neurociencia, la recomendación del especialista es retrasar el acceso lo más posible, idealmente hasta después de los 12 años. «No existe una edad única que sea adecuada para todos los chicos, depende del nivel de madurez, del contexto familiar, del uso que se le va a dar. Desde el punto de vista de las neurociencias, retrasarlo lo más posible y antes de los 12 años no sería lo más indicado», aseguró. Agregó que «ya sabemos que eso es bastante difícil, pero antes de los 12 años el chico no tiene desarrolladas plenamente funciones ejecutivas del cerebro como el autocontrol, la planificación, la regulación de impulsos, entonces le resulta muy difícil regular el tiempo de uso. Si el chico necesita comunicarse con sus padres hay otras alternativas más simples que un smartphone, por ejemplo, hacerlo con un smartphone sí, pero sin internet y sin redes sociales, que sólo tenga acceso a las llamadas».
En cuanto a los tiempos de pantalla, sugirió que «más importante que contar los minutos es evaluar la calidad del uso. No es lo mismo hacer una tarea escolar que pasar varias horas consumiendo videos de manera automática. Entonces, en general podemos decir en menores de 2 años directamente hay que evitar totalmente las pantallas. Entre 2 a 5 años, contenido de calidad acompañado por un adulto y alrededor de una hora diaria. En la edad escolar establecer límites claros, evitando que las pantallas desplacen el sueño, interfieran con la actividad física, con la lectura, con el juego, con otras personas de carne y hueso o con la vida familiar. Ahí es importante en cada familia poner horarios muy claros, es recomendable que no haya pantallas durante las comidas y por lo menos 2 horas antes de dormir».
La recomendación primordial para los adultos es dar el ejemplo, sostuvo Hidalgo, quien mencionó que es incoherente exigir a un hijo que deje el dispositivo si los padres están constantemente «con la pantallita en la cara». El desafío, según concluyó el profesional, no es demonizar la tecnología, sino entender que un smartphone es una herramienta potente que nunca debería desplazar la experiencia humana. «La tecnología llegó para quedarse. Hay un montón de beneficios, pero el desafío es enseñar a usarla de manera saludable. Los niños necesitan tiempo para jugar, aburrirse, conversar, moverse, relacionarse con otros chicos en el mundo real. Y si empezamos a desplazar, a reemplazar ese desarrollo por una pantalla, estamos en problemas. Un celular puede ser una herramienta muy buena, extraordinaria, pero nunca debería ocupar el lugar de la experiencia humana que un niño necesita para crecer emocionalmente sano», finalizó.
