El gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, se encuentra ante la necesidad de definir su rol político dentro del peronismo, en un contexto de tensiones con el sector liderado por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.
El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, enfrenta un proceso de definiciones políticas en el seno del peronismo de cara a las elecciones de 2027. Según fuentes partidarias, Kicillof busca evitar ser percibido como una reedición de la gestión de Alberto Fernández, quien asumió la presidencia en 2019 luego de ser señalado como designado por Cristina Fernández de Kirchner. La administración de Fernández finalizó en 2023 con una inflación del 211 por ciento y la derrota electoral ante Javier Milei.
El núcleo duro del kirchnerismo, según las mismas fuentes, sostiene que la expresidenta aún considera posible que Kicillof cumpla con cuatro premisas: asistir a la sede del partido en la calle San José 1111; adoptar como bandera de campaña el eslogan «Cristina libre»; aceptar el liderazgo de una conducción política que, afirman, no existe en un Partido Justicialista nacional con falta de representatividad; y convalidar la pretensión de Fernández de Kirchner de tener injerencia en la conformación de listas electorales.
Kicillof, por su parte, es consciente de que para ser competitivo en un eventual balotaje necesita construir un perfil propio y una unidad que incluya al sector kirchnerista, pero sin que este ocupe la centralidad que aleje a otras vertientes del peronismo. El gobernador busca evitar ser visto por la sociedad como una versión remozada del fracaso de la gestión anterior.
En este marco, se acercan tiempos de definiciones. Kicillof debería asumir el rol de conducir el proceso, algo que, según analistas, hace a la esencia de un peronismo que históricamente tuvo dos líderes que condujeron al conjunto por sobre los sectarismos: Juan Domingo Perón y Carlos Menem. El desafío implica tomar «el bastón de mariscal», lo que abrirá polémica que se saldaría en elecciones primarias limpias.
La polémica, limitada a actores de la superestructura, tiene como correlato la apertura hacia la unidad que se da de abajo hacia arriba, donde todas las listas compitan y sumen para el candidato presidencial, y se destierre la práctica de manipular nombres al servicio de proyectos personales.
En este contexto, plantearse como conductor es una obligación que hace a la definición de la impronta de un eventual futuro gobierno que ya no admite un doble comando. Quienes quieran condicionar o poner obstáculos deben saber que ello genera costos y dista de ser lo mejor para ellos mismos. No es bueno ver lo que sucede en el gobierno de Buenos Aires, donde Kicillof sufre «fuego amigo».
Cristina Fernández de Kirchner, está claro, no puede ser candidata, ya que está inhabilitada por la Corte Suprema. No lo fue en 2015, aun estando en condiciones, por dos aspectos: primero, porque no convocaba a todos los sectores del peronismo, era solo expresión de una parcialidad sectaria; y segundo, porque en términos de una elección general contribuye al abroquelamiento del segmento no peronista que, en un balotaje, conduce a una derrota segura.
Esto es política. Tomar «el bastón de mariscal» supone un desafío al orden preexistente. Podrá generar turbulencias, pero vale recordar aquello de que «el avión levanta vuelo porque tiene viento en contra». También vale que «hay que poner toda la fuerza en un solo punto» y que hoy quien tiene mejores condiciones objetivas es el gobernador de Buenos Aires, por lo que no conviene confundir incluyendo en sondeos a quien legalmente no puede competir.
